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PIRAMIDES DE GIZEH La más antigua de las maravillas, y, curiosamente,
la única que ha llegado hasta nosotros, es el monumental conjunto
de las pirámides de Gizeh, en Egipto. Todos hemos oído
hablar de ellas y conocemos su aspecto, así como sabemos que
eran las tumbas de los faraones.
Su impresionante mole destaca sobre el horizonte de la llanura. Bloques de granito descomunalmente pesados, de un metro de altura, forman las filas tan apretadamente que no es posible introducir ni un cuchillo entre ellos. Las filas de piedras están pintadas, formando franjas de diferentes colores; la punta es de color dorado. Todas las pirámides, absolutamente todas, tienen la misma alineación: están orientadas al norte con total exactitud. Los lados de la pirámide tienen una inclinación impresionante, de 51 grados, que cuando nos acercamos más nos produce la sensación de que la pirámide "se nos cae" encima. En los alrededores, se encuentran las pirámides menores y las (edificaciones rectangulares de paredes inclinadas) para los altos funcionarios. Sus dimensiones son impresionantes: 146.59 m de altura, 230 m de
ancho. Tras subir un poco por su parte lateral, penetramos en su interior.
A la fluctuante luz de las antorchas vamos descubriendo las paredes,
perfectamente lisas, como corresponde a la sepultura de una encarnación
del dios Ra. Tras depositar el sarcófago en la cámara
sepulcral, el corredor será cegado y disimulado, para evitar
robos. La pirámide contiene asimismo una falsa cámara
sepulcral. A pesar de todas estas precauciones, son pocas las tumbas egipcias que permanecerán intactas hasta la llegada de los arqueólogos. Los ladrones de tumbas irán saqueando con el paso del tiempo la mayoría de las pirámides y sepulcros. Cuando el arqueólogo Flinders Petrie entre en las tumbas reales de Abydos, unas de las más antiguas de Egipto, sólo podrá encontrar un brazo de la momia de una reina. De las tres grandes pirámides, sólo la más pequeña, la de Micerino, permanecerá intacta. Una controversia famosa relacionada con las pirámides es la relación entre el doble de la longitud de su lado y su altura: el número "pi". ¿Porqué tomarían tantas molestias los antiguos egipcios para conseguir que sus construcciones mantuvieran una relación matemática tan precisa? . Si pensamos que probablemente se servían de ruedas de madera para medir longitudes de forma fácil y exacta, veremos que con una de éstas ruedas, hecha de la misma altura que los bloques de piedra, se comprobaba la inclinación rápidamente: cada nueva hilera de piedras debía medir media vuelta menos. Han pasado ya cerca de cinco mil años hasta nuestros días, y la humanidad todavía no ha realizado nada semejante. La más pequeña de las tres pirámides de Gizeh multiplica varias veces el peso de la mayor de las construcciones modernas; y es que los aparejadores de nuestros días se las verían y se las compondrían para enfrentarse con esos enormes bloques de piedra, difíciles de manejar hasta para las más potentes grúas. Cuando pensamos en que los antiguos egipcios carecían de máquinas, que movían las enormes piedras sólo con el esfuerzo físico de cuadrillas de docenas de trabajadores, nos parece un milagro. De hecho, ni siquiera los propios egipcios fueron capaces de superarlo: continuarían construyendo pirámides durante siglos y siglos, sin llegar a igualar el esplendor de las pirámides de Gizeh, que sorprendentemente, fueron de las primeras que se construyeron.
Pero aún nos queda una visita que realizar en la llanura de
Gizeh: la de la esfinge. Esta escultura, que representa a un león
con rostro humano (se cree que representa al faraón Khafra;
al menos, viste sobre la cabeza el típico klaft, manto que llevaban
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